El Estado más verde y rozagante del país entendió que su fortaleza turística está en la naturaleza, así que siguieron el ejemplo del Parque de la Exótica Flora Tropical y se ocuparon de poner preciosos San Felipe El Fuerte y el Embalse Cumaripa. Ambos están bajo la custodia del Instituto Nacional de Parques, pero la Corporación Yaracuyana de Turismo llegó a un fructífero acuerdo para trabajar en equipo. Como debe ser.
Nadie diría que su puerto es de lo más importantes del país y que por ahí llegan alimentos para todos los venezolanos. Es notorio el abandono, aunque emocionan los cambios recientes: restauración del Fortín Solano, ampliación de la Posada Santa Margarita, construcción de otra en el casco histórico, seguridad en las viejas callecitas, malecón iluminado, la nueva Casa de la Cultura, el hotel Eco Flower Premium y la promesa de acomodar Quizandal y abrir al público el Castillo Libertadores.
Apenas una línea delgada de desierto, chivos, burros y médanos une a Paraguaná con tierra firme. Un cambio climático radical la dejaría a la deriva convertida en isla. Este futuro incierto se respira en su personalidad. Pueblos que mantienen su encanto pasado en contraste con el puerto libre y la euforia petrolera, el fascinante Cabo San Román, la Reserva Biológica de Montecano, el cerro Santa Ana vigilante desde lo más alto y Capubana, una posada atómica en el sector Piedras Negras.
La capital del Zulia es de las pocas ciudades en Venezuela que se ha ocupado de ser atractiva para la visita. Sólo basta hacer la travesía en el tranvía – saliendo desde el Paseo de la Vereda del Lago – para gozar lo más genuino de su gente. En las noches la rumba se arma en la calle Carabobo, con tarantines de calle y bares para todo las edades. Todo el día es posible comer sus exagerados inventos gastronómicos.
Una delicia navegar por el río Limón desde las palafitos de Sinamaica hasta entrar a las aguas del Lago de Maracaibo para bajarse en los memorables médanos de Zapara y luego recorrer despacio el Castillo de San Carlos de la Barra, pequeño pero con abolengo.
Cada vez que voy al Zulia quiero navegar por la Laguna de Sinamaica, no sólo por la emoción histórica del origen del nombre de Venezuela, sino por el asombro de sus hogares en palafitos, la convivencia con el agua, la maestría de los niños al nadar y remar y el orgullo de sus habitantes por su cultura. Si van debe comer pescadito frito, mojito en coco y patacones.